Malasaña se llama así por una niña que tiraba piedras a los militares franceses y que murió fusilada por éstos un 2 de Mayo de 1808 por llevar encima unas tijeras. En los años 70 y 80, el barrio de Malasaña fue el epicentro de la Movida madrileña, movimiento contracultural surgido de las cenizas del franquismo. Pero las cosas han cambiado mucho desde aquella noche de 1976 en la que, celebrando la primera fiesta del 2 de mayo tras la muerte del dictador, una pareja desnuda se encaramó en lo alto de la plaza.
Aquel desnudo no fue más que una señal del cambio. Un país que había vivido cuarenta años en las tinieblas empezaba a ver la luz y a disfrutar de una noche que hasta entonces había tenido prohibida. Pero treinta años después, la imagen de libertad ha sido sustituida por la de los neones azules, de las cargas policiales y de las ambulancias del SAMUR que atienden a quienes solo pretendían celebrar las fiestas de su barrio. Treinta años después, pareciera que los grises han vuelto a Malasaña.
Todo encubierto en la “Ley Antibotellón”, en el supuesto conflicto jóvenes-vecinos u ocio-sueño. Por mucho que quieran que lo veamos así, eso no es más que la punta del iceberg. Debajo están los intereses económicos, la discriminación por parte del PP de zonas consideradas “progres” o de izquierdas. En una discoteca de moda puedes tomar todo el alcohol (por supuesto de garrafón) que quieras e incluso cualquier tipo de droga, en una terraza puedes beber hasta el coma etílico. Pero si te tomas una cerveza en un banco de la plaza de tu barrio, eres un borracho.
Incluso durante la noche fascista del franquismo, la calle era de todos. Los vecinos bajaban sus sillas y se contaban susu glorias y penas entre ellos hasta altas horas de la noche, mientras los niños jugaban alrededor. Hoy, nuestra sociedad individualista y de consumo quiere hacernos creer que la calle no nos pertenence, que solo es un lugar por el que pasar mientras vas de compras o al trabajo. No basta con privatizar los servicios básicos, ahora también nos quieren quitar la calle. Pero la calle es de todos y, con o sin represión, lo seguirá siendo. Malasaña no cederá ante antidisturbios sedientos de sangre que no tienen reparos en atacar a chicas indefensas o en destrozar garitos que cumplen con la
ley.
Tampoco se hace por el derecho al descanso de los vecinos. Todos los que estuvimos allí vimos como los que ayer se quejaban del ruido lanzaban a la policía objetos desde los balcones. Como hiciera Manuela doscientos años atrás. El ocio, la cultura y el derecho a disfrutar no se compran. Son de todos. Igual que en Israel se hace campaña asesinando civiles palestinos, en el Madrid de Aguirre y Gallardón se hace dando porrazos a quienes mantienen vivo el espíritu de la democracia con la que soñábamos a principios de los setenta. Si en 1976 empezaba la revolución, en mayo de 2007 la contrarrevolución ha comenzado a desatar todo su ensañamiento autoritario.
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